In memoriam 

Discurso pronunciado en ocasión del nombramiento de profesor emérito que confiere El Colegio de México a Mario Ojeda Gómez por, el 9 de septiembre de 1997.

Celia Toro

Es difícil adivinar las ambiciones de otros –con frecuencia dilucidar incluso las propias– pero creo que no me equivoco del todo si digo que la aspiración de Mario Ojeda –plenamente satisfecha– fue, primero, dar vida, presencia y seriedad al  estudio de las relaciones internacionales en México y, después, cultivar el valioso patrimonio que heredó al asumir la presidencia de El Colegio en 1985. Con inusual claridad estableció las prioridades que, en una época especialmente difícil, consistían en impedir que El Colegio decayera por falta de recursos financieros, y en asegurar que nuestra institución conservara su carácter distintivo, es decir su capacidad para atraer a los mejores y proporcionarles espacio para dedicarse de lleno y sin regateos a la investigación y la docencia. Había salidas fáciles por las que nunca optó. Su apuesta, sin duda atinada, fue siempre en favor de un lugar donde florecieran el estudio, la enseñanza y la reflexión; un espacio que Ojeda concebía, creo, vinculado necesariamente con la realidad nacional e internacional, pero claramente resguardado de la política y del financiamiento interesado. Su empeño por conservar la vocación y el rigor académicos, en un país donde son bienes escasos, sigue pareciéndome sorprendente.

Once generaciones de internacionalistas disfrutamos su “Introducción a las Relaciones Internacionales”. Casi sin darnos cuenta, y gustosamente, aprendimos a analizar la política internacional en la más sólida de las tradiciones, la del realismo político, con un maestro parco en elogios, desconfiado de las novedades y las modas. Ojeda nos enseñó a pensar, antes que nada, en el lugar de México en el mundo y sus consecuencia para la política exterior mexicana. Era natural, por lo tanto, que el profesor considerara indispensable e impulsara el estudio de Estados Unidos y de las relaciones entre México y ese país. Son, al final de cuentas, las lecciones de su clásico Alcances y límites de la política exterior de México, publicado en 1976. Clásico por su notable influencia sobre los estudiosos de las relaciones internacionales de México, nacionales y extranjeros, clásico también porque lo releemos para descubrir una y otra vez que lo que siempre supimos o creíamos saber lo obtuvimos ahí.

EL profesor Mario Ojeda dio al Centro de Estudios Internacionales lo mejor de su investigación y de su capacidad docente. Enseñó de manera primordial en El Colegio y publicó sus mejores ensayos en Foro Internacional. Como presidente de nuestra institución, y con la autoridad que siempre se concede al buen maestro, Ojeda corregía nuestros desatinos con facilidad y aplomo. Bastaba un refrán y un apretón de brazo para regresarnos al carril.

Algunos académicos –como él– asumen la responsabilidad de forjar y engrandecer instituciones a fuerza de fidelidad. Sin compromisos como el suyo, suma de vocación y convicción, El Colegio de México no sería lo que es. Sin pretensiones de pureza ni imparcialidad, porque no existen, con inteligencia y sentido común, con una generosidad que nunca pasó inadvertida, el profesor Ojeda ha sido uno de los artífices de la sólida comunidad que hoy nos resguarda.

Su apuesta de vida fue El Colegio. Por eso, nuestro Centro unánimemente propuso a la Junta de Gobierno que lo distinguiera con tan merecido nombramiento. Para usted, profesor Mario Ojeda, nuestra gratitud.

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